A la Eucaristía la llamamos "Misterio de fe" y a ella hay que acercarse no con razones humanas, sino con un corazón limpio de sí mismo y lleno de Dios. Sin embargo, este misterio es, a veces, difícil de aceptar, y esta es la razón del reproche de algunos discípulos a Jesús: "es duro este lenguaje (…) Este modo de hablar es inaceptable".

En su respuesta, el Señor se esfuerza por hacer comprender la realidad misteriosa y sobrenatural de la Eucaristía. No lo consigue; la mayoría le abandona precisamente en el momento en que está poniendo delante de sus ojos el Plan que va a hacer posible la unidad de todos en Él, con Él, por Él.

Echemos una mirada aunque sea superficial a nuestras parroquias. Cuántos van por costumbre a la Santa Misa, sin saber que allí se transforma toda la existencia de su vida.

Entran con la cabeza llena de problemas y salen de la misma manera o peor todavía, porque algo le ha recordado algún hecho doloroso y triste. Lo bueno es hacer una reflexión en torno a la presencia viva de Jesús en el Santísimo Sacramento del altar. Se ha escrito mucho sobre la Eucaristía, se habla de ella, ¿pero vivimos de ella? Aquí está la clave.

El misterio eucarístico aparece incomprensible a muchos oyentes. Jesucristo exige de sus discípulos que acepten sus palabras por ser Él quien las dice. En esto consiste el acto sobrenatural de la fe.

Se pueden decir muchas cosas con la boca, pero tener el corazón lejos de la verdad. Jesús dice que no podemos aceptar este misterio pensando de modo carnal, es decir atendiendo exclusivamente a lo que aprecian nuestros sentidos o partiendo de las cosas de una visión meramente natural. Solo quien escucha su palabra como revelación de Dios, que es espíritu y vida, está en disposición de aceptarla.

La promesa de la Eucaristía, que había provocado en aquellos oyentes de Cafarnaúm discusiones y escándalos, acaba produciendo el abandono de muchos de quienes lo habían seguido. Jesús había aceptado una verdad maravillosa y salvífica, pero aquellos discípulos se cerraban a la gracia divina, no estaban bien dispuestos a aceptar algo que superaba su mentalidad estrecha.

Reflexionemos

Frente a la incredulidad de otros oyentes, los Apóstoles no se escandalizan de lo que el Señor ha dicho, sino que muestran tener ya una confianza muy arraigada en el Maestro, al que no quieren abandonar. De igual manera, el cristiano debe imitar a los Apóstoles, asistiendo a misa el domingo, para demostrar, con este acto de fe, que adhiere a Jesús no con una adhesión humana, sino con una verdadera fe sobrenatural, aunque todavía imperfecta, fruto de una moción interna de la gracia divina (cfr. Mt 16, 17).